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Catalogo de Terapias Alternativas y Complementarias.

martes, 5 de octubre de 2010

Tercera Edad y calidad de vida

El término «calidad de vida» tiene una historia reciente. Comenzó a utilizarse en el lenguaje culto de los países occidentales a finales de los años cincuenta del siglo pasado y adquirió una connotación semántica precisa a partir de los setenta.-. Hoy es una expresión casi tópica.

Para algunos autores el concepto resulta controvertido, sujeto a múltiples interpretaciones, y presenta un significado vago, difícil de definir.

La calidad de vida es un concepto subjetivo, que está relacionado con la percepción que tenemos acerca de nuestra vida, en el sentido de si nos sentimos realizados con nuestro propio ser.

Definir calidad de vida, en el sentido amplio de la palabra, es difícil pues no hay un consenso unánime. «Calidad de vida» involucra muchas variables subjetivas (satisfacción, felicidad, autoestima, bienestar, felicidad, capacidad funcional, autonomía, autopercepción de la salud, espiritualidad, etc.) difíciles de medir y variables objetivas de medición más fácil (la economía, el nivel sociocultural, los deficits funcionales, problemas de salud, etc.)

Las definiciones que se han dado a este concepto son más un reflejo de orientación profesional y áreas de interés de los distintos investigadores que de análisis rigurosos del concepto global de calidad de vida. Sería esta una categoría que se puede desglosar en niveles de particularidad hasta llegar a su expresión singular en el individuo. Y esto es posible porque la calidad de vida no se mide, sino se valora o estima a partir de la actividad humana , su contexto histórico, sus resultados y su percepción individual previamente educada. Podría entenderse como la satisfacción de vivir con libertad y bienestar, es decir con funcionamiento físico, social, económico, emocional, que nos permita lograr todos nuestros deseos o nos resigne encontrándonos satisfechos, en paz, queridos, consolados.

El conceptos de calidad de vida es «el sentido subjetivo de bienestar de cada persona derivado de la experiencia diaria de su vida» (Sanz, 1991). Es algo personal, íntimo, al igual que lo son las razones por las que nos negamos a realizar lo recomendado (Liang, 1989). El individuo es el mejor juez de su propia calidad de vida.

Lo que significa calidad de vida se presta más a disquisiciones filosóficas que a una aproximación científica. Sin embargo es necesario conceptualizarla con precisión por dos motivos:

1º Determinar son exactitud qué se entiende por buena y por mal calidad de vida, qué parámetros la definen y cuanto pesa lo subjetivo y lo objetivo, y

2º Establecer la multidimensionalidad de término calidad de vida, para realizar programas de intervención tendentes a promocionar la salud en el anciano.

Desde una concepción normativa o moralista la calidad de vida tiene una condición rigurosamente ética, que permite diferenciar lo bueno de lo malo, lo que se debe hacer de lo que no se debe hacer, lo permitido de lo prohibido. La calidad de vida pasa a ser una «norma de moralidad».

Desde el contexto evaluativo, la expresión calidad de vida es un índice estadístico que permite establecer niveles diferentes, mayores o menores, de calidad de vida en función al bienestar económico.

Desde el punto de vista descriptivo, el término calidad, viene del latín «qualitas», que significa aquello que convierte a una persona en cualidad, por lo cual la individúa y la diferencia de los demás seres vivos. La cualidad por autonomasia del ser humano es la razón, de modo que calidad de vida viene a identificarse como racionalidad. En castellano hay una segunda acepción de calidad, la de «calidez», la cualidad de lo cálido o lo que tiene calor. Calidad de vida sería, pues, vida cálida, agradable, confortable.

Desde la Sociología la calidad de vida o satisfacción vital del anciano «es el resultado de la adaptación y de la evolución de la personalidad a la sociedad en la que vive».

Desde la Medicina Psiquiátrica, la calidad de vida es un concepto «personal e interno basado en la integración de varios factores relacionados con la idea del Yo, y con la interacción del individuo con su mundo externo y con sus proyectos existenciales» (Bobes, 1993); sería «el conjunto de evaluaciones que el individuo hace sobre cada uno de los dominios importantes de su vida actual» (Lawton, 1984), considerada como un todo, con referencia al pasado, presente y futuro (García Riaño e Ibáñez, 1992).

Desde la Medicina Organicista sería un término tangencial entre salud y enfermedad. Algo medible, objetivable. Tener buena calidad de vida sería gozar de buena salud, mientras que en el otro extremo, la enfermedad, sería carecer de bienestar (calidad de vida) entendiendo como tal «aquel en que no está bien, que tiene algún padecimiento, el que carece de salud, energía, etc.».

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domingo, 3 de octubre de 2010

La actividad fisica en personas mayores

Una declaración de consenso internacional respecto de la actividad física, la forma física y la salud (Bouchard y otros 1994) identifica seis áreas afectadas por el esfuerzo fisiológico: la forma del cuerpo, la fuerza de los huesos, la fuerza muscular, la flexibilidad del esqueleto, la forma física del motor y la forma física del metabolismo.

Otras áreas que se benefician de la actividad física son la función cognitiva, la salud mental y la adaptación a la sociedad. El ejercicio se ha definido como una actividad regular que sigue un patrón específico y cuyo fin es el de lograr resultados deseables en cuanto al estado de forma, como un mejor nivel de salud general o de funcionamiento físico (Bouchard y Shephard 1994). Fontane (1990) describe la actividad física como un continuo del comportamiento físico:

1) Actividades de la vida diaria;

2) actividades instrumentales de la vida diaria;

3) actividad y ejercicio en general;

4) ejercicio para lograr una buena forma física;

5) entrenamiento físico.

Aquellos que empiezan a realizar ejercicio físico a edades tempranas tienden a seguir haciéndolo más adelante. Así, lo que una persona hace con su tiempo de ocio parece dar forma al ocio en sí y al desarrollo de éste (Mobily 1987, Mobily y otros 1991, Mobily y otros 1993). En 1995, un grupo de expertos de la OMS subrayó los efectos positivos del ejercicio físico sobre la salud al decir que la inactividad física es un desperdicio innecesario de recursos humanos. El grupo de expertos señaló que se sabe que un estilo de vida pasivo, básicamente sedentario, es un importante factor de riesgo de tener una mala salud y una capacidad funcional reducida.

A medida que aumenta la edad, la reducción de la actividad física y el creciente número de enfermedades crónicas que surgen frecuentemente en consecuencia, crean a menudo un círculo vicioso: las enfermedades y las discapacidades consiguientes reducen el nivel de actividad física, que a su vez tiene efectos adversos sobre la capacidad funcional y agrava las discapacidades producidas por las enfermedades. Un mayor grado de actividad física puede ayudar a prevenir muchos de los efectos negativos que tiene el envejecimiento sobre la capacidad funcional y la salud. La actividad física es, además, la mejor manera de romper el círculo vicioso y tomar el camino de una mejoría progresiva. Esto, por último, ayuda a las personas mayores y aumenta su grado de independencia.Los beneficios que podrían obtenerse de un ejercicio físico razonable tienen considerablemente mayor importancia que los potenciales efectos adversos. Estos beneficios incluyen una mejoría de la capacidad funcional, de la salud y de la calidad de vida, con la correspondiente disminución de los gastos en asistencia sanitaria, tanto para la persona misma como para la sociedad en su conjunto. La actividad física no supone inconveniente inmediato alguno, aunque un ejercicio excesivamente intenso puede causar lesiones o enfermedades (o ambas) y los costes subsiguientes. Este tipo de análisis basado en el beneficio ahorrativo proporciona una base útil para evaluar campañas que fomenten la actividad física como camino para obtener una mejor salud.Los resultados de las investigaciones indican que además de aumentar la capacidad muscular, la actividad física puede ayudar a mejorar la resistencia, el equilibrio, la movilidad de las articulaciones, la flexibilidad, la agilidad, la velocidad con la que se anda y la coordinación física en su conjunto.

Asimismo, la actividad física tiene efectos favorables sobre el metabolismo, la regulación de la presión sanguínea, y la prevención de un aumento excesivo de peso. Es más, existen datos epidemiológicos que demuestran que un ejercicio enérgico y regular está relacionado con un menor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, diabetes y algunos tipos de cáncer.

viernes, 1 de octubre de 2010

Reflexiones sobre la vejez

Cumplir siete décadas de vida no se parece en nada a ingresar en el séptimo cielo. Ser septuagenario significa traspasar la línea roja de nuestra existencia y entrar en el último recodo del camino.Los achaques propios de la vejez se suceden uno tras otro. Las fuerzas se debilitan, la piel se arruga, el pelo y los dientes nos abandonan, el oído pierde agudeza, la vista se cansa, la movilidad se reduce, y todo ello prescindiendo de la aparición de patologías degenerativas incapacitantes como el alzheimer, el parkinson, la osteoporosis, etc., que hacen de la ancianidad un martirio. No en vano, es la edad de los adminículos ortopédicos: prótesis dentales, gafas, audifonos, y tal vez marcapasos y bastón.

Desde el punto de vista laboral, que ha modelado nuestra vida, hemos sido apartados de nuestra actividad habitual que en parte respaldaba nuestro status, y en consecuencia, disminuye la consideración social, y esto, junto con la sensación de no ser útiles, rebaja nuestra autoestima, que a su vez favorece el deterioro de la salud.

Cuando se siente el peso de la edad, uno se da cuenta de que vive con los días contados y que cada año vivido fue un paso que nos acercó al ineluctable final. Por las mismas razones se corre el peligro de convertirse en visitante asiduo de médicos y boticas. En determinadas circunstancias, la situación aun puede empeorar por desavenencias conyugales, o peor aun, si sobreviene la viudez, que puede ser sufrida de forma traumática.Con este panorama por delante, es fácil que el pesimismo invada nuestro ánimo senil, por lo que la visión del mundo que se adquiere resulta poco risueña. Por otro lado, las costumbre cambian y al anciano las nuevas modas le cogen a contrapié, le dejan fuera de la realidad, y piensa que lo bueno y acertado era lo que él conoció. Aferrado a su pasado, siente el deseo incontenible de contar una y mil veces los sucesos en los que él intervino o de los que fue testigo, actitud que despierta en los jóvenes la reacción de “ya está el abuelo con sus batallitas”.

Afectada por estas incidencias, la vejez puede ser melancólica, si le abandona la esperanza de que en la estación crepuscular, el mañana puede reservarnos todavía motivos para seguir viviendo. Lo peor de la senectud es que nunca tiene un final feliz.

Es propio de jóvenes y adultos hacer planes de futuro para desplegar sus fuerzas y materializar sus ilusiones. Los mayores, en cambio, ven más próxima la muerte y por eso no hacen proyectos sino balances de su paso por el mundo. Es el pretexto de muchas memorias y autobiografías con las que sus autores aspiran a justificarse ante sí mismos y ante los demás.

Echar la vista atrás no es, por lo general, muy satisfactorio porque muchos proyectos se quedaron en eso y las vicisitudes del pasado no fueron resueltas en su momento con el acierto que la perspectiva del tiempo permite juzgar a “posteriori”.

Por ello resulta incomprensible que algunas personas, mayoritariamente políticos, afirmen que no se arrepienten de nada, como si tuvieran el don de la infalibilidad y no hubieran errado nunca, o si su conducta hubiera sido en todo momento un dechado de virtud y perfección.

Además de insatisfactorio, el balance de la vejez es, en palabras del filósofo italiano Norberto Bobbio “algo melancólico ,entendido como la conciencia de lo inacabado, de lo imperfecto, de la desproporción entre los buenos propósitos y las acciones realizadas”.

Nos invade la sensación de que hemos dejado cosas sin hacer, planes sin realizar, errores no rectificados, promesas sin cumplir, tiempo desaprovechado, y todo ello ya fuera de nuestro alcance.Otro campo permanente de reflexión lo constituye el papel que juegan las contingencias en nuestra vida. Nos preguntamos como habría discurrido si no hubiera caído en nuestras manos aquel libro, si no hubiéramos tenido tales profesores, si hubiéramos escogido otra carrera o profesión, si hubiéramos formado otra pareja, o seguido aquel consejo que desoimos, y caemos en la cuenta de que nuestro destino estuvo hilvanado por el azar, por lo que ocurrió y pudo no haber ocurrido.

Menos reconfortante aun es el sentimiento de remordimiento o vergüenza si en la juventud se hubiera pertenecido, por falta de madurez intelectual a organizaciones violentas o criminales. Tal fue el caso del escritor y premio Nobel de Literatura Gunter Gras, quien confesó con sesenta años de retraso que había ingresado como voluntario a los diecisiete años en las SS y, ocultando este pasado, se erigió en la conciencia ética de su país. Tampoco en España falta testimonios de intelectuales arrepentidos de haber colaborado con el régimen franquista. Es el caso de Dionisio Ridruejo, Pedro Lain Entralgo, Antonio Tovar o Luis Rosales.

Un tema recurrente en las reflexiones de la vejez es el sentido de la vida, esa duda siempre planteada y nunca resuelta. Cuando el hombre fue dueño de su pensamiento, la primera pregunta que debió brotar de su cerebro virgen pudo haber sido ésta: ¿Por qué o para qué estoy aquí?, seguida de otras de este tenor: ¿a quién o a qué debo mi presencia en el mundo?, ¿cuál es mi razón de ser?, ¿qué misión tengo encomendada? De las dos preguntas clásicas ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos? tenemos sendas respuestas de la ciencia: venimos del Big Bang y vamos hacia la muerte térmica si antes no nos autodestruimos.

Todos estos interrogantes expresan otros tantos misterios para los que no se atisban respuestas plausibles pero seguirán brotando de nuestros corazones curiosos y angustiados, porque expresan el drama universal en el que estamos inmersos, no sabemos si como figurantes, como peleles mecidos por el viento o como tripulantes de una nave desarbolada a merced de las tormentas.

Plantearse el sentido de la vida es una apuesta sin sentido puesto que se trata de una búsqueda sin hallazgo posible. Sin embargo, es un tema que nos ocupa y preocupa una y otra vez a lo largo de la vida y con mayor intensidad en el último tramo de la misma. Albert Einstein observó que estamos en la Tierra por una breve visita, sin saber con qué fin y deduce que, si estamos aquí, es para y por los demás. A parecida conclusión llegó el dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmat (1921-1990) al declarar que “la vida solo tiene sentido en la medida en que puede plantearse por personas para personas. El cosmos no tiene sentido. Pero entre los hombres tiene sentido vivir en paz y armonía”.

Al no hallar respuesta filosófica queda la visión de los poetas. José Hierro (1922-1990) escribió un famoso soneto que tituló “Vida” dedicado a Paula Romero en el que expone su opinión al respecto:

Después de todo, todo ha sido nada,

A pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

Supe que todo no era más que nada.

Grito “¡Todo!”, y el eco dice “¡Nada!”

Grito “¡Nada!” y el eco dice “¡Todo!”.

Ahora sé que la nada lo era todo

Y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada

(Era ilusión lo que creia todo)

y que, en definitiva, era la nada

Que más da que la nada fuera nada

Si más nada será, después de todo

Después de todo para nada

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Artículo escrito por Pío Moa y ofrecido por Farmacia Vence